viernes, 27 de abril de 2007

Culturalismo sin Iglesia

A nadie que tenga un mínimo de sensibilidad estética, religiosa o social, se le oculta que la Semana Santa andaluza, y más concretamente la de Sevilla, goza de los elementos necearios para considerarla, al menos, curiosamente interesante y atractiva. Como todas las grandes manifestaciones, cuenta con los más acérrimos defensores y detractores. Todo depende de los aspectos que se consideren de tan masiva y entusiasta manifestación popular. No cabe duda que la Semana Santa de Sevilla está llena de luces; pero tampoco le faltan sombras, contradicciones, comercialización, rivalidad y ostentación desmedida.

Junto a los aspectos positivamente cristianos, que seguramente tiene, y que no me resulta difícil aceptar, aunque no son siempre fáciles de detectar, se dan otros más dudosos, y que no pertenecen a criterios estrictamente de fe cristiana, como parece que correspondería a una "Semana Santa".

Hay, en no pocas de sus manifestaciones, un cierto fanatismo visceral, mezcla de orgullo por pertenecer a tal o cual cofradía, y de tradición bien amamantada desde la infancia. Su religiosidad es exclusivamente puntual y emotiva.

Para la gran masa que trata de ver los pasos que procesionan cada día-noche, supone una gran fiesta, donde se valora lo estético, lo lúdico, lo tradicional, pero donde no suelen intervenir (sin negar cuantas excepciones se pueden dar) motiviaciones nítidas de fe. Es la fiesta; como fiesta es también la Feria de Abril, salvando las diferencias. Una y otra son grandes fiestas populares, que la mayoría de la gente necesita para salir de la monotonía del trabajo.

Existen dos Semana Santas paralalelas: la que se da en la calle (masiva, sanamente folklórica, llena de belleza y esplendor) y la de las celebraciones litúrgicas (que responde a una fe más sólida, más austera, y cuya asistencia es comparativamente muy inferior).

El obispo de Sevilla, en un reciente artículo en la revista "Sal Terrae", cita unas palabras de los obispos del Sur referidas a la religiosidad popular en general, y por tanto, aplicables a la Semana Santa. Señala, junto a algunos valores, los siguientes contravalores: falta de compromiso; culturalismo sin Iglesia; abundancia de lo superfluo; desplazamiento de las celebraciones litúrgicas; falta de participación en el Triduo Pascual; fe de los humildes, pero falta de sacramentos; falta de conversión; se fomenta el arte, pero se reduce a un bien simplemente cultural..

En definitiva, la Semana Santa forma parte de la fenomenología de un pueblo que la ama, la ensalza, la disfruta y la vive como algo muy suyo, sin que se plantee la necesidad de un discernimiento entre lo que tiene meramente de "religioso" y lo que pudiera tener de manifestación y profesión de "fe cristiana".

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FÉLIX GONZÁLEZ
Maestro de novicios de la congración SS.CC. en Andalucía

(Artículo extraído de la página 39 del nº 898 de "21", Abril 2007)

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